sábado, 8 de mayo de 2010

GALERÍA FOTOGRÁFICA


















© escobén

NUBLO

La década de los años cuarenta fue dura, muy dura, para las pobres gentes a las que les había tocado nacer y vivir en tierras tan ásperas como las de aquella primera mitad del siglo XX en las Islas Canarias. Tan atroz fue para este archipiélago la postguerra de la Guerra Civil española como la de la Segunda Guerra Mundial. La primera, porque España había quedado arrasada por una de las múltiples estupideces que ha cometido este país a lo largo de su Historia, una guerra fraticida que dejó destruida la industria y la economía, desaparecida la clase media y depauperada a toda la sociedad; la segunda, porque los aliados, vencedores de la contienda mundial, impusieron a Franco un duro embargo que afectó a todos los ciudadanos españoles, demostrándose así que los nuevos dueños del mundo consideraban a cada español un Franco.

Si destilamos todas estas circunstancias, es fácil obtener un único concepto: miseria.

El hambre (que en alguna zona rural de medianías de Tenerife señoreaba los hogares bajo el apelativo de “el caballero de la villa”) no se hizo esperar, porque las desgracias nunca vienen solas, y aquella terrible década llegó acompañada de sequías y plagas de langosta. La población canaria, muy alejada de la metrópoli, no había podido dedicarse mayoritariamente a otra cosa que a la agricultura y a la ganadería, por lo que el panorama era desolador, de un lado, los campos yermos solo podían ser regados con lágrimas, de otro, la inmensidad del mar. Los primeros eran ya bien conocidos por generaciones de agricultores canarios, la otra estaba por conocer, y así, en una desesperada huida hacia adelante, comenzaron a aparecer en las costas canarias los denominados “barcos fantasmas”. No, no tiene nada que ver con espectrales leyendas, si acaso sí con espectrales realidades: se trataba de embarcaciones que, sin ningún tipo de permiso, zarparon rumbo al suroeste, aventurándose hacia el horizonte incierto en busca de nuevas oportunidades. Simplemente, se trataba de supervivencia.

El régimen dictatorial franquista tenía terminantemente prohibida la emigración. Salir de España era una misión harto difícil. Para la consecución del visado, validado por los consulados correspondientes, se precisaba una carta de llamada o un contrato de trabajo acompañados por un certificado de buena conducta que garantizaba la ausencia de antecedentes penales. Muchos desaprensivos aprovecharon esta circunstancia para falsificar estos documentos y cobrarlos a precios abusivos; no servía de nada, incluso presentando los auténticos, la Administración dilataba la tramitación en el tiempo hasta el infinito.

La desesperación y el hambre nunca han admitido espera. No quedaba más remedio que lanzarse a la aventura, buscar a alguien que estuviese organizando un viaje ilegal hacia la Tierra de Promisión que representaba América, y abonar gran cantidad de dinero por un pasaje que sólo daba derecho a flotar sobre el Atlántico, a veces en viejos veleros desvencijados que, ya antes de zarpar, habían agotado su vida útil. Aunque los cándidos viajeros se percataban de estos detalles cuando ya habían abandonado el litoral.

Uno de los casos más asombrosos de que se tenga noticia en Canarias fue el protagonizado por los pasajeros y tripulantes de una pequeña falúa llamada NUBLO. Medía apenas 9 metros de eslora, 2 metros de manga, con 1,52 metros de calado y enarbolaba un único palo.

Salió de Canarias, al parecer de Las Palmas, el viernes 21 de junio de 1950, con el solsticio de verano, rumbo a Venezuela, que era lo mismo que decir a lo desconocido, aunque ese pormenor no ensombrecía la ilusión de las quince personas embarcadas en el NUBLO. Un pequeño motor de gasoil que se le había instalado tiempo atrás, le daba el impulso que necesitaba para adentrarse en el océano; carecía de brújula y el capitán, de apellido Lorenzo, hubo de servirse de un transportador para trazar la ruta. Este capitán era un joven estudiante de Náutica de diecinueve años de edad.

La difícil travesía que tuvieron que soportar podría ser elevada a la categoría de odisea. A los nueve días de haber zarpado se les agotó el combustible, teniendo que conformarse con navegar únicamente a vela. Además, por el camino fueron azotados por despiadadas tormentas que les obligaron incluso a amarrarse a cualquier parte sólida de la cubierta para no ser arrojados fatalmente a las enfurecidas aguas, mientras las olas enredaban al NUBLO con lazos de espuma en medio de un baile siniestro, perdidos en la inmensidad del océano. Tampoco abundaron los alimentos y el racionamiento fue inaplazable. Las lluvias les proporcionaban agua potable de vez en cuando, y la necesidad, que agudiza los sentidos, les hacía actuar presurosos para recoger el líquido elemento con lonas para almacenarlo como buenamente podían, pero poco les duraba, y vuelta a esperar el anhelado aguacero.

Así de penosos fueron transcurriendo los días mientras las esperanzas se iban perdiendo junto con las fuerzas, hasta ese memorable instante en que una voz pronunció la palabra mágica: ¡tierra! Era el día 24 de julio de 1950.

Por fin las costas de la ansiada Venezuela crecían ante sus ojos conforme se iban aproximando. El pequeño y valiente NUBLO había conseguido resistir entero a treinta y tres días de durísima navegación que, finalmente, habían valido la pena. Sin embargo, tal y como les ocurriera a otros buques de la emigración canaria, al llegar no fueron recibidos con los brazos abiertos. El lugar en el que habían recalado era Puerto La Cruz, en la costa norte del país frente a las Islas de Sotavento, y desde allí zarparon unas patrulleras para interceptarles y llevarles hasta un atracadero del lugar, donde fueron inmovilizados a la espera de las instrucciones de las autoridades venezolanas. Poco rato después arribaba otro velero de la emigración canaria, el JOVEN GASPAR (1), que había salido de Tenerife tres días después que ellos.

Las órdenes procedentes de Caracas, y que tardaron dos meses en llegar, fueron terminantes y demoledoras tanto para el NUBLO como para el JOVEN GASPAR: serían aprovisionados con generosidad y buques de guerra les escoltarían tres millas mar adentro, con la recomendación de que regresaran a su punto de partida. Les fueron entregados agua, víveres y combustible y, llevados por el remolcador ESTEBAN ROJAS, fueron separados tres millas de la costa. Sin embargo, los tripulantes del NUBLO, después de lo que habían sufrido, no estaban dispuestos a ser doblegados por tan desalentador destino. No lo habían sacrificado todo para acabar así, por lo tanto, y al igual que le sucedió al JOVEN GASPAR sometido a las mismas órdenes, pusieron proa al oeste, y a los pocos días aparecieron en el puerto venezolano de La Guaira, en cuya rada quedó anclado el NUBLO. Los pasajeros, que dejaron bien clara su determinación de no regresar a España, fueron trasladados al Centro de Recepción en Sarría, Caracas, donde quedaron ingresados hasta nueva orden.

Las autoridades venezolanas, desbordadas, tuvieron que rendirse a la evidencia. Después de estudiar caso por caso y comprobar que eran gentes honradas emigradas por necesidad, tomaron la decisión de admitirlos como inmigrantes voluntarios. No debemos olvidar que el 19 de agosto de ese mismo año, el gobierno franquista había aprobado la concesión de visados sin imponer tantos inconvenientes.

El día 30 de noviembre de ese mismo año, el joven capitán fue conducido a la Comandancia de Policía, quedando detenido, y del que ignoramos su destino posterior.

Finalmente, los catorce pasajeros pudieron comenzar libremente a buscar las oportunidades para hacer realidad los sueños con los que habían salido de sus casas, ahora tan lejanas, varios meses antes. Poco a poco consiguieron hacerse un lugar en aquel país con modo de vida tan diferente a sus costumbres. Se adaptaron, trabajaron duramente, y consiguieron hacer la fortuna de poder vivir una vida tranquila y satisfacer las necesidades básicas, o lo que es lo mismo, tuvieron la oportunidad de llevar la vida que en su propia patria, debido a la insensatez de unos pocos, se les negó.

Y todo gracias a un pequeño valiente llamado NUBLO que, aferrado a sus cuadernas, y con la suerte sentada sobre la caña del timón, atravesó el infierno para llevarles vivos hasta la “Tierra Prometida”.

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(1).- Para saber más sobre la historia del JOVEN GASPAR:


© Coral González.

Fuentes consultadas:

“Al suroeste la libertad. Emigración clandestina de canarios a Venezuela (1948 - 1951)”. Autor: Javier Díaz Sicilia.

Agradecimiento:

Muy afectuosamente a Dña. Carmen Díaz Sicilia, por facilitarme el acceso a la documentación necesaria para la realización de este artículo.

sábado, 17 de abril de 2010

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domingo, 4 de abril de 2010

REFRANERO MARINERO

cc
La maniobra es imprudente, si de popa es la corriente.

MARÍA ALEJANDRA

El pasado día 11 de marzo de 2010 se cumplió el trigésimo aniversario de una de las mayores tragedias habidas en la Historia de la Marina Mercante española. Fue el 11 de marzo de 1980 cuando el superpetrolero MARÍA ALEJANDRA de la Mar Oil S. A. explotó y se hundió frente a las costas mauritanas, dejando atrás la vida de la mayor parte de sus tripulantes.

En recuerdo de aquel luctuoso suceso no hemos querido dejar de reseñarlo, por lo que en memoria de cuantos no volvieron a casa y de los pocos que sí lo consiguieron, lo rememoramos hoy con el relato de los sucesos de aquellos días en las páginas de esta revista digital. El artículo, que pueden consultar, está a su disposición en:

http://escoben.blogspot.com/2003/01/hasta-siempre-maria-alejandra_01.html

© Ramiro y Coral González

A







Durante las Navidades de 2009 el puerto de Santa Cruz de Tenerife fue testigo de la llegada de un singular visitante. En el dique central de la Dársena de Los Llanos, un mega-yate, blanco inmaculado, inmenso, con amplios ventanales panorámicos, cuyas líneas recuerdan a la de un sumergible, no dejó indiferente a nadie, especialmente al reparar en el árbol de Navidad, que adornaba la proa, describiendo el “original” gusto de su dueño.

Un modernísimo y audaz diseño constructivo, donde destaca su ángulo de proa invertida, lo pone en boca de muchos, algunos para mostrar su añoranza por los barcos con línea marinera tradicional y otros dando la bienvenida a la vanguardia del diseño naval, que ya se había ido quedando anquilosado.

Su propietario, el joven empresario y multimillonario ruso Andrei Melnichenko, lo bautizó como A, la inicial de su nombre y del de su esposa, la ex-modelo Aleksandra Nikolic.

Sus medidas, las del yate, son asombrosas para una embarcación de recreo: 119 m. de eslora, 18,87 m. de manga y 5,15 m. de calado, con un arqueo total de 5.500 toneladas de registro bruto y un desplazamiento de 5.959 toneladas. Su planta motriz está compuesta por dos máquinas diesel MAN RK280 (9.000 KW totales) capaces de entregar 12.070 caballos de potencia a sus dos hélices. Su velocidad de crucero es de 19,5 nudos a cuyo régimen puede recorrer unas 6.500 millas gracias a sus grandes tanques de combustible, capaces de almacenar hasta 757.000 litros. También está preparado para embarcar hasta 94.000 litros de agua potable. Su casco es de acero y la superestructura de aluminio. Está considerado como uno de los diez yates más grandes del mundo.

El A, matriculado en Hamilton (Bermudas), fue diseñado en 2003 por el arquitecto naval Martin Francis quien denominó el proyecto como “Sigma SF 99”. Sus dependencias, repartidas en tres cubiertas fueron decoradas por el famoso y laureado Philippe Starck, (célebre entre otros trabajos por el diseño de curiosos utensilios de cocina como un exprimidor de largas patas) quien escogió, para las seis suites, cuero de color claro combinado con elementos de acero inoxidable. Cuentan los susurrantes cuchicheos que el decorador y la señora Melnichenko, no acostumbrados ninguno de los dos a ser contrariados, tuvieron “diferentes puntos de vista” sobre el sentido de la decoración interior, eso sí, debates muy glamorosos como se espera de los moradores de la moda y el diseño. Dispone también el A de las dependencias necesarias para su numerosa tripulación, compuesta por unas 42 personas.

No podía faltar la piscina a popa, un helipuerto a proa y, a ambos costados se guardan en compartimentos internos sendas lanchas rápidas. Además cuenta con una amplia rampa de carga a popa.

Dispone con las últimas novedades en tecnología y seguridad, y su construcción, que tuvo lugar en los reputados astilleros alemanes Blohm und Voss, estuvo rodeada de gran discreción pues su dueño no deseaba que se hicieran públicos detalles de su diseño. Las pruebas de mar, que tuvieron lugar en el Báltico, suscitaron estupefacción en los involuntarios testigos que se hallaban por allí, y en las cuales consiguió una velocidad de 24 nudos.

Su propietario es uno de los cien hombres más ricos del mundo según la revista Forbes, lo que nos hace sospechar que en algún momento ponga a la venta el A, quizá porque ya se haya construido el B.

Buena mar para el A.





© Coral González
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Principales fuentes consultadas:


Periódico El Día, de Santa Cruz de Tenerife, lunes 28 de diciembre de 2009.

Página web: http://delacontecerportuario.wordpress.com/

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