lunes, 4 de mayo de 2009

PADRÓN ALBORNOZ: PALABRA DE MAR

Entre el estrépito de las cadenas que escapaban por los escobenes envueltas en nubes rojizas de herrumbre pulverizado, las anclas mordieron fondo”.
Con esta elegante prosa marinera adornaba sus detallados artículos un periodista que dedicó gran parte de su vida a los barcos y a la mar, al puerto y a la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Hoy hablamos de un gran periodista y aún mejor persona, don Juan Antonio Padrón Albornoz.

Tinerfeño de nacimiento y de corazón, vino al mundo el 14 de octubre de 1928 al lado de la santacrucera iglesia de La Concepción, pegadita al mar.

Más tarde su familia se trasladó a uno de los barrios más emblemáticos de la capital tinerfeña, el Toscal. Vivió al final de la Calle San Francisco, en la zona conocida como la Muralla. A día de hoy esa parte de la ciudad está irreconocible, pero durante su infancia, desde su ventana del segundo piso, admiraba hora tras hora un espléndido panorama del Muelle Norte a babor y de la Marquesina a estribor, es decir, todo el puerto a su vista, donde el movimiento marítimo en aquellos años de la primera mitad del siglo XX era imparable.



Ante sus inocentes ojos, impregnando para siempre su retina, entraban y salían, anclaban, atracaban, transbordaban y zarpaban fruteros, cruceros, veleros, vapores, correillos, trasatlánticos, petroleros, cargueros, yates, remolcadores e incluso submarinos. Uno de sus juegos favoritos era averiguar, a través de sus prismáticos, la procedencia del buque que entraba en ese momento. Sometía a tal vigilancia al puerto que en una ocasión fue testigo de la caída accidental de un marinero desde su barco al mar y de la que nadie se había percatado. Juan Antonio no lo dudó y corrió hasta la Comandancia de Marina para dar la voz de alarma, se activaron los mecanismos de emergencia y pudo ser rescatado sano y salvo.

Repletas de brisa y sol, impulsaron airosos cascos escualos y cuchillos, finos tajamares sobre los que los largos baupreses, apuntaban al blanco blanquísimo de un futuro que, por suerte hoy es presente”.
La afición se fue incrementando y quiso canalizar sus estudios hacia la Náutica, pero los avatares de la vida no le permitieron hacer su sueño realidad; sin embargo, sí pudo acabar la carrera de Magisterio y ejercerla en el Instituto Cervantes, del Barrio de la Salud, también en Santa Cruz de Tenerife. Allí ejerció durante seis años.

Pero era un hombre inquieto en continua evolución, y decidió estudiar Periodismo, formando parte de la primera promoción de esta carrera en la Universidad de La Laguna; la carrera constaba de tres años, él la hizo en dos.

El 1 de enero de 1953 se estrenó como periodista en el histórico vespertino La Tarde, cuyo fundador y director, don Víctor Zurita Soler, confió en el buen hacer del novato Padrón Albornoz. Su primer artículo, como no, versaba sobre la vida marinera de dos barcos que en esos días se encontraban en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Uno, el CASTEL FELICE, hacía su primera escala en Tenerife; el otro, el PORTUGAL, se despedía porque iba camino del desguace.

Este trabajo en La Tarde era solo una colaboración y su sueldo no era suficiente para vivir adecuadamente, así que, junto a su esposa, fundó una escuela primaria en la bonita calle de La Noria, muy cerca del lugar que lo vio nacer. Y fue compaginando ambos trabajos hasta que comenzó una nueva etapa laboral en el diario tinerfeño El Día, del que con el tiempo se convertiría en redactor jefe y subdirector.




El recordado director de El Día, D. Ernesto Salcedo, puso en sus manos y en su máquina de escribir Olivetti, la misión de elaborar la sección de tráfico del puerto y la actualidad marítima nacional e internacional, trabajo que desarrolló primorosamente hasta 1990, año en que se jubiló. A lo largo de estos veintitrés años, y en la sección diaria «El Puerto es lo primero» pudo aunar afición y profesión de un modo impecable. Cada uno de sus artículos, revestidos de una bellísima prosa, era un compendio de datos, contrastados uno por uno, imprescindibles para un profundo conocimiento de todos los barcos que nos visitaban en aquellos tiempos: pesos, medidas, capacidad, carga, procedencia, destino, número de pasajeros que embarcaban o desembarcaban, armador, consignatario, astillero que lo construyó, las veces que había sido pintado y con qué colores, cuántos propietarios había tenido… no se le escapaba ni un detalle, y no debemos olvidar que por Canarias pasaban los barcos más importantes del mundo.

Pero no contento con el cotidiano devenir portuario, creó una columna en el mismo diario «El puerto hace cincuenta años» donde reflejaba el tráfico de ese mismo día, pero medio siglo atrás.

Era un meticuloso documentalista y logró crear un archivo personal repleto de fotos y negativos, postales, planos, publicaciones nacionales e internacionales, índices de las casas aseguradoras y la correspondencia que mantenía con diversas personas con las que intercambiaba datos y fotos.




Pero lo primero era lo primero, e incansable, sin horarios, cada día acompañado de su inseparable cámara fotográfica, D. Juan Antonio se paseaba por los muelles a la búsqueda de los datos que pudieran completar un nuevo artículo, fotos y entrevistas a capitanes, pasajeros y consignatarios ilustraban un trabajo que le hizo ganar el respeto y la admiración de todos los que tuvieron la suerte de conocerlo, e incluso, en el extranjero, por los exquisitos reportajes que deleitaban a cualquier lector con un mínimo de buen gusto. Su reconocimiento llegó al punto de ser visitado en su domicilio por los dos únicos supervivientes del hundimiento del petrolero BERGE ISTRA para entregarle, como obsequio, los restos del bote salvavidas donde habían sobrevivido, en agradecimiento por el artículo que había escrito.

“…y desde arriba, llega todo el zumbar y suspirar del viento a través de la jarcia firme y de labor y, también, el crujir, y a veces gemir, de los racamentos de las vergas”.
Su amor por los barcos le llevó incluso a iniciar campañas en defensa de algunas naves en peligro de desguace; caso es el del PROGRESO, el último pailebote de la flota artesanal canaria que había faenado en los caladeros saharianos o los mauritanos. Desde algunos años antes se marchitaba el viejo y cansado PROGRESO en los varaderos de Industrias Marítimas de Tenerife ante los apenados ojos de Padrón Albornoz, desgraciadamente acabó desguazado a pesar de que terminaba sus artículos con un reivindicativo “hay que salvar el PROGRESO”.

Pero solo no se conformó con ser periodista, también durante la alcaldía de don Ernesto Rumeu de Armas fue Concejal de Cultura de su Ayuntamiento. Después del acuerdo adoptado el 18 de mayo de 1973 (acuerdo que podemos consultar en el libro nº 20 de Actas de Plenos de 1973, punto 34, del Excelentísimo Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife) por el que se decidió la designación de 108 calles de la ciudad con nombres de numerosos alcaldes, presidentes del Cabildo, escritores, músicos, un médico, ríos de España, etc., el señor Padrón descubrió ante todos que no se le había dedicado calle alguna al mundo marino al que tanto le debía la ciudad. Por ello consiguió que algunas calles santacruceras lleven nombres vinculados la actividad marítima de la ciudad, como la dedicada al Comodoro Rolin, capitán veterano Ernst Rolin, comandante del vapor de pasajeros CAP POLONIO de 22.000 toneladas y de bandera alemana, el cual hizo su primera escala en Santa Cruz en 1922. El comodoro Rolin hacía todo lo posible para atracar en la ciudad-puerto, pero si no era viable, pasaba lo más cerca que podía y ordenaba encender todas las luces del navío y lanzar fuegos artificiales para hacerse notar. También consiguió que se designara una calle con el nombre de la fragata DANMARK, en conmemoración de la visita que hizo este buque-escuela a Tenerife en 1933, el primer puerto en que atracó después de su inauguración, u otra calle, LA MOUTINE, cuya tripulación ayudó a vencer al contraalmirante Horatio Nelson en el ataque que éste efectuó en 1797 y que la ciudad de Santa Cruz de Tenerife rechazó heroicamente.

Pero no solo escribió sobre el puerto de Santa Cruz , también en su sección «Bahía de la Isleta» del diario en el que siempre trabajó, El Día, se hacía eco de los movimientos del Puerto de La Luz y de Las Palmas, en Gran Canaria, dejando muy de lado el pleito insular. Asimismo, participó en otras publicaciones y en Radio Nacional de España.

Su buen hacer le hicieron merecedor de diversos premios, tanto locales como nacionales; le fueron otorgados el “Leoncio Rodríguez” de periodismo en 1964, el “Virgen del Carmen” en 1968, 1971 y 1974, el “Elcano”, el “Rumeu de Armas” de investigación histórica o la Medalla de Oro de la Ciudad en 1982 así como la importantísima Cruz al Mérito Naval de Primera Clase con distintivo blanco.

“…momento triste en que su casco, toda esbelta arboladura, escogió la muerte, en lucha desesperada con la mar asesina, la misma que con olas eternas borra, también eternamente, sus huellas en todos los océanos y playas del mundo”.
Desgraciadamente, nos abandonó un 24 de diciembre de 1992 aquel hombre trabajador, con la sempiterna mirada sorprendida que ocultaba bajo sus gruesas gafas graduadas; pero su espíritu se quedó impregnando el puerto y la ciudad de Santa Cruz que tanto adoraba, y su legado, en forma de palabras cubiertas de sal marina, nos ha quedado en las hemerotecas para el uso y disfrute de los que, como él, pensamos que los barcos, más allá de casco, motores o velas, tienen alma. Seres vivos con alma de acero que nacen, viven, sufren, luchan, protagonizan historias y, finalmente, mueren las más de las veces en medio de una herrumbrosa decrepitud, abandonados y solos, olvidados por quienes, apenas unas pocas décadas antes, vitorearon acaso sus gloriosas singladuras.



No han sido muchos los homenajes rendidos a tan gran periodista, pero, en conmemoración del décimo aniversario de la donación de su archivo por su familia a la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Náutica, Máquinas y Radioelectrónica Naval de la Universidad de La Laguna, y para celebrar el Día del Libro, se le ha dedicado a Padrón Albornoz una exposición bibliográfica y fotográfica en torno a su persona y a su trabajo.



A la inauguración, el pasado 23 de abril de 2009, asistieron su viuda Dña. María de los Ángeles Sabina Rodríguez, el Rector de la Universidad de La Laguna D. Eduardo Doménech Martínez, el Director General de Universidades del Gobierno de Canarias D. Juan José Martínez, el Subdelegado del Gobierno D. Vicente Oliva, el Presidente de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife D. Pedro Rodríguez Zaragoza, la Vicerrectora de Servicios Universitarios de la Universidad de La Laguna Dña. Rosa Mª Aguilar Chinea, el Director de la Escuela Técnica Superior de Náutica, Máquinas y Radioelectrónica Naval D. Alexis Dionis, el Director del Servicio de Biblioteca de la Universidad D. Luis Gonzalo Rey Pinzón, el Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de La Laguna D. Zenaido Hernández, así como el Marino Mercante y amigo personal de Padrón Albornoz, D. José Luis Torregrosa García, quien ofreció una emotiva conferencia sobre la vida del periodista y su obra.




En esta exposición podemos admirar unas 160 instantáneas de la fototeca de Padrón Albornoz así como diversos documentos y objetos de su propiedad. Esta exposición permanecerá abierta hasta el 22 de mayo.

A lo largo de su vida logró reunir 392 obras de temática marítima, 1.700 fotografías suyas (era un excelente fotógrafo) y producto de intercambios, 1.800 negativos, una gran colección de postales de barcos, unos 580 álbumes de recortes periodísticos por supuesto referentes a temas marinos… Después de tan riguroso trabajo de un solo hombre, da mucha lástima que en esta ciudad de Santa Cruz nadie haya tomado seriamente el testigo y se haya perdido toda referencia periodística o de cualquier medio de comunicación sobre el movimiento diario del Puerto.

Juan Antonio Padrón Albornoz fue, y es, un gran maestro que merece permanecer en la memoria de los santacruceros; quizá, y en recuerdo de su esfuerzo para dedicarle calles al mundo del mar, tal vez, una calle o plaza, a ser posible cerca del litoral santacrucero, debería llevar su nombre, porque este hombre hizo más con su Olivetti y su vieja cámara fotográfica por su ciudad de Santa Cruz, que muchos de los que constan en las placas y que casi nadie sabe quienes fueron.
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Los textos en cursiva pertenecen a fragmentos del artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz: “69 aniversario de la primera escala de la bricbarca de la Marina Alemana PAMIR”.
©Coral González