miércoles, 29 de abril de 2009

NUEVA GRIPE

Estos últimos días de abril de 2009 están siendo un tanto preocupantes; las autoridades sanitarias internacionales han advertido de la presencia de un virus gripal, el A/H1N1, de muy fácil propagación que puede provocar un contagio generalizado, es decir, una pandemia. México ha sido el país más afectado, al menos hasta el momento, y, parece ser, punto de origen de la enfermedad. No se trata de crear alarma, la mejor aliada del contagio, sino estar alerta para ponérselo difícil al virus.

Afortunadamente corren tiempos de avance y a lo largo de la Historia hemos adquirido experiencia y nuevos conocimientos tanto en el campo de la virología como en el de la inmunología, así que podemos detectar con cierta facilidad al agente viral, aplicar el tratamiento correspondiente, observar la evolución de la enfermedad y conseguir la vacuna. Lo más preocupante es la velocidad a la que se puede propagar por el planeta, y los medios de transporte pueden ser una buena vía, de ahí la vital importancia de que las autoridades tomen las medidas necesarias para prevenir el contagio, sobre todo y más que nada en los aeropuertos. Por supuesto confiamos en ellas.

No es la primera vez que vivimos una situación parecida. En 1918 un virus de origen desconocido hizo muchísimo daño a la población mundial. Pero era 1918, nada que ver con el siglo XXI en el que tenemos el honor de vivir, al menos en Occidente.

Pero nos viene a la memoria otra epidemia gripal que tuvo lugar en 1920, cuando los estragos provocados por la de un año y medio antes no se habían podido olvidar. Esta gripe de 1920 llegó a algunos lugares, como es el caso de Canarias, en barcos. Y vamos a escoger uno de ellos: el ROGER LLURIA de la empresa Tayá.

Se trataba de un vapor como tantos otros que hacía escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife de camino a la Habana, su destino. Zarpó de Santa Cruz el 12 de enero de 1920, pero al poco se vio obligado a regresar debido a la avería en el vástago del molinete de proa que iza el ancla. Esta escala accidental fue aprovechada para que subieran a bordo 200 emigrantes canarios.

El 15 de enero de 1920 zarpó de nuevo rumbo a la capital cubana. No se había alejado mucho cuando algunos de sus pasajeros comenzaron a tener síntomas de la enfermedad que empezaba a estar en boca de todos, la gripe. De hecho, en Gran Canaria en ese momento estaba haciendo estragos, siendo el Puerto de la Luz y el barrio de la Isleta los puntos más afectados, con decenas de muertos, porque se trataba de una enfermedad mortal, en aquellos tiempos por supuesto. El ROGER LLURIA tuvo que regresar por segunda vez a puerto debido a una nueva avería, esta vez se trataba del tubo del condensador de la máquina, por eso y porque uno de los afectados había fallecido.

Una vez subidas a bordo las autoridades sanitarias verificaron que había veintiséis casos de gripe, pero de carácter “benigno”. No obstante, se decidió aislar el buque montando un dispositivo de guardia. La Junta Sanitaria decidió prohibir el atraque del barco y la salida de ningún tripulante o pasajero a tierra, quedando fondeado en las cercanías. Los veintiséis afectados fueron evacuados al Lazareto (en las afueras de la capital tinerfeña) que se había convertido en el hospital de referencia para tratar esta contingencia. Pocos minutos después de ingresar, otro de los pasajeros del ROGER LLURIA murió.

El día 18 de enero las autoridades sanitarias deciden desinfectar el barco con anhídrido sulfúrico, mientras los pasajeros se agitan por estar confinados sin poder abandonar el buque. También se procedió a desinfectar la correspondencia embarcada con destino a Cuba. Aún así, se declararon veintiséis casos más de gripe, los cuales no pudieron ser evacuados al Lazareto porque ese día había una fuerte marejada, por lo que dicha operación se pospuso para el día siguiente. Cuando se procedió a su traslado, se encontraron con que los casos se habían incrementado hasta cuarenta.

Otro buque que acababa de hacer escala en Santa Cruz de Tenerife, el CAROLINE, con dirección también para La Habana, comunicó la presencia de tres casos de gripe, lo que se unía a los seis casos que se habían presentado en el REINA VICTORIA EUGENIA que, con destino a Montevideo y Buenos Aires, había llegado desde Cádiz cinco días antes.

Las cosas en el ROGER LLURIA empezaron a mejorar el 20 de enero, después de la desinfección y de haber distribuido a los pasajeros de tercera clase para que no estuviesen tan hacinados. Se consiguió que descendiera el número de casos y que los enfermos mejoraran. Los pasajeros sanos seguían sin poder bajara a tierra y la Junta de Sanidad de emergencia no tomaba ninguna decisión definitiva hasta no tener respuesta del Ministro de la Gobernación D. Joaquín Fernández Prida, a quien habían consultado, y cuya contestación se hacía esperar.

Por otro lado, comenzaron a escucharse voces demandantes de la prohibición de la emigración por las malas condiciones en las que viajaba.

Por fin llega la comunicación del Ministro que se limita a dejar en las manos de las autoridades locales las decisiones a tomar, y estas resolvieron continuar con el aislamiento. En el ínterin, el CAROLINE reporta cuatro nuevos casos. Este buque también fue sometido a una profunda desinfección para que pudieran subir a bordo los quinientos pasajeros que esperaban embarcar. Desgraciadamente falleció uno de los enfermos. Sin embargo, esa misma noche del día 21 el CAROLINE zarpó, pero alguno de los viajeros decidió quedarse en tierra porque no deseaba verse confinado con un microscópico asesino.

En el ROGER LLURIA no iban las cosas tan bien como unos días antes se había pensado. Se declararon ocho casos más que fueron llevados de inmediato al Lazareto capitalino que se encontraba desbordado, al punto que hubo de habilitarse, a modo de hospital, la cercana iglesia de Nuestra Señora de Regla. Pero ya el día 24 de enero se comienzan a dar altas en el Lazareto, lo que alivia la aún gravísima situación. Día en que también se observa una mejoría en el estado de los cuarenta enfermos que están a bordo del ROGER LLURIA por lo que se decide permitir el desembarco de algunos pasajeros. Pero se suspende esta decisión por surgir un nuevo caso. No obstante el día 27 se autoriza nuevamente la bajada a tierra de los viajeros al comprobar que el enfermo lo estaba desde algunos días antes.

El 28 de ese mismo mes de enero se toma una decisión expeditiva: la desinfección absoluta del buque. Se procedió a la destrucción mediante el fuego de colchones y objetos de poco valor usados por los enfermos. Todo objeto de tela se hirvió con carbonato sódico o potásico. Se blanqueó con cal viva y se sulfuró, según la prensa del día, con el aparato Marot (*), los suelos, techos y paredes de los sollados de emigrantes y ranchos de la tripulación. Las literas fueron lavadas con una solución de creolina o zotal; se ejecutó un baldeo general de la cubierta del buque y una limpieza a fondo de los retretes. Se realizó la construcción de tinglados para el ganado que el buque llevaba para el consumo, con el objeto de aislarlos del pasaje que permaneciese en la cubierta. Con estas medidas se dio por finalizada la presencia del virus a bordo por lo que se autorizó su salida para el día siguiente, 29 de enero de 1920.

El día 31 arribó el MONTEVIDEO al puerto de Santa Cruz de Tenerife, declarando contar con enfermos a bordo.

¡Qué tiempos! Probablemente si en 1920 hubiesen tenido los medios sanitarios y protocolos actuales, muchas vidas se hubiesen salvado, pero gracias a las lecciones que nos han dado circunstancias similares, hoy sabemos que ante casos como estos debemos: lavarnos las manos con frecuencia, airear las casas, si tenemos fiebre y no se nos baja con un fiebrífugo común acudir a nuestro centro de salud para que nuestro médico evalúe la situación; en caso de contagio aceptar el aislamiento y comunicar el nombre de las personas con las que se ha mantenido contacto, tomar las dosis correspondientes del antiviral y tener paciencia. Si la infección no está muy extendida, y no tiene por qué estarlo, sólo se habrá padecido un molesto proceso gripal.

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(*) Aparato mediante el cual el gas sulfuroso se mezclaba con ozono, producido en el mismo aparato al descomponerse el aire por una chispa eléctrica, consiguiéndose una capacidad desinfectante muy superior a la del anhídrido sulfuroso solo.

Fuente: diario La Prensa enero-junio de 1920.
©Coral González