jueves, 3 de noviembre de 2005

ALFONSO XII, pasión de submarinistas


Click para ampliarEl universo azul que se pierde hasta el infinito es, desde el principio de los tiempos, guardián de incontables misterios que reposan en las tranquilas y silenciosas profundidades, paz solo rota por el acompasado glogloteo de las pequeñas esferas fugitivas de la botella que le da el aire vital al que siempre quiso ser pez y nunca lo consiguió. El moderno neopreno a modo de escamas y unas grandes gafas, barrera para la perturbadora y salada agua, le permitirán descubrir los tesoros que el fondo del mar esconde sólo para él, testigo cauteloso de la enigmática vida ajena a tantos seres terrenales que huyen del inmenso océano como el que escapa de lo desconocido, prófugo y condescendiente de un medio que le es impropio.

Deslizándose con la prudencia dictada por la experiencia, el submarinista desciende gradualmente, cuidando en todo momento los niveles de presión idóneos para esta inmersión. A su alrededor una fauna inquieta y, si no fuese por las condiciones, bulliciosa, se muestra quizá asustada, tal vez curiosa, acaso incómoda... ¿Quién puede saberlo? Abajo, a unos cincuenta metros de profundidad se dibuja un contorno sobre el lecho, la misteriosa sombra de un gran fantasma en forma de barco.

Conforme nuestro amigo se va acercando descubre el “sólido” espectro del ALFONSO XII hundido por la traición de un accidente geográfico, pérfido verdugo y desalmado cazador de incautos nautas de las aguas grancanarias de Gando. La silueta de sus restos insinúa la estampa de quien un día fue, allá por el último cuarto del siglo XIX...

La sociedad “Antonio López y Compañía” fundada en Madrid en 1857, futura Compañía Trasatlántica, encargó en 1875 a los astilleros escoceses “William Denny & Bros” de Dumbarton, un ambicioso proyecto que materializaría el mayor vapor español de aquellos tiempos. La construcción se inició el 25 de febrero de ese mismo año, y dos meses después, concretamente el 15 de abril, le fue colocada la quilla. El 18 de octubre fue la fecha señalada para su botadura. Su casco de madera, con 106’67 m. de eslora y 11,58 m. de manga, le confería un aspecto formidable y si a eso le unimos los 8,53 m. de puntal incrementados por tres palos, podemos afirmar que la indiferencia no era sentimiento perceptible al contemplar la línea del flamante trasatlántico recortada contra el gran azul.

Con un desplazamiento de 4.892 tns., 2.915 tns de registro bruto y 1.982 tns. de registro neto, consiguió alcanzar los 12’25 nudos de velocidad en las pruebas de mar gracias a la máquina Rowan de 1.743 hp que impulsaba su impresionante la hélice de cuatro metros a 569 RPM.

Sus bodegas albergaban carboneras con capacidad para 657 tns. de carbón, mientras las cubiertas superiores acogían las instalaciones para el pasaje. Podían ser alojados con comodidad 333 pasajeros repartidos en tres categorías, a saber, 178 en los camarotes de lujo de primera clase, 68 en segunda y 87 en tercera. Sus salones eran acogedores y elegantes pero fueron diseñados con la peculiaridad de que, en caso de necesidad, podían ser desmantelados específicamente para el transporte de tropas. La amistad que unía al propietario de la Trasatlántica con el rey de España hizo que el airoso buque no sólo fuese bautizado con el nombre del monarca, ALFONSO XII, sino también decorado con un mascarón de proa con la efigie del soberano.

La Trasatlántica lo recibió el 15 de diciembre de 1875 y su viaje inaugural tuvo lugar diecinueve días después. Había que amortizar lo antes posible las 62.878 £ invertidas en su construcción —el proyecto inicial estaba presupuestado en 64.321£, pero el costo final supuso un ahorro de 1.443 £—. La Compañía esperó a que pasaran las fechas navideñas para comenzar su periplo. Lo haría rumbo a Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, no olvidemos que en el año 1861 la firma logra hacerse con el servicio de correo entre España y las colonias hispanoamericanas a través de subasta pública celebrada en Madrid el 10 de septiembre; los viajes periódicos reforzaban el traslado de pasajeros entre los dos continentes, incrementando así el negocio de la naviera y el número y calidad de sus vapores.

Comenzaba así a ser familiar la sombra del ALFONSO XII proyectada sobre los malecones de las ciudades que le daban albergue durante sus atraques, donde llegaba precedido de la historia de su dueño don Antonio López López, un hombre, que procedente de humilde familia, se había hecho a sí mismo obteniendo una considerable fortuna como emigrante en Cuba. De regreso a España, consiguió la confianza de los más poderosos del momento, hasta el punto de colaborar su naviera con el Gobierno, poniendo a su disposición diversos buques para el transporte de tropas hacia Cuba.

Y es que, por aquellos años, la situación socio-política en la isla caribeña se tornaba más inestable cada día. La segunda mitad del siglo XIX se caracterizó por una continua convulsión debido a las permanentes sacudidas independentistas que salpicaban al continente americano desde finales del siglo XVIII. En octubre de 1868 estalló la denominada Guerra de los Diez Años, que dio fin en 1878 con el “Pacto de Zanjón” entre el general español Martínez Campos y el Comité Revolucionario de Cuba, causando la irritación de los dirigentes de la sublevación pues en el acuerdo se establecía la autonomía y no la independencia, quedando Cuba en situación jurídica similar a la otorgada a Puerto Rico, así que continuaron con la lucha, y aunque en un principio tuvo escaso seguimiento por parte de la población, más tarde se desarrollarían acontecimientos que harían cambiar el orden de las cosas, pero esa es otra historia.

Este permanente estado de agitación hacía imprescindible por tanto la presencia del ejército español en Cuba, y don Antonio López López contribuyó de modo notable a ello. Se contaron más de mil los viajes que sus barcos hicieron entre la isla y la metrópoli, trasladando a más de cuatrocientos mil soldados entre los que iban y los que venían. El costo de este gran movimiento fue de tal magnitud que el Gobierno se vio obligado a pagar la deuda a plazos. Por otro lado, los favores hechos al país le fueron reconocidos a don Antonio con el otorgamiento del marquesado de Comillas, su pueblo natal, conferido por el rey en señal de agradecimiento por los servicios prestados a la patria.

Aunque las noticias que llegaban de allende los mares a la capital no eran nada alagüeñas, los viajes continuaban y aquel febrero de 1885 iba a ser muy especial para el ALFONSO XII. En ruta hacia Cuba, el viernes 13 del mencionado mes hizo escala en el Puerto de la Luz en Las Palmas de Gran Canaria, bajo las atenciones de su consignatario don Juan Bautista Ripoche. Allí, los pasajeros comenzaban a acomodarse a bordo desde las tres de la tarde, alborozados ya que, según los partes meteorológicos del momento, el día iba a ser luminoso, con viento y mar serenos. Pero cuando apenas hacía una hora que habían embarcado y pocos minutos después que su capitán don José Ramos Penzol diera la orden de zarpar, algo estremeció al buque desde la quilla hasta la cofa. Fueron escasos segundos, pero suficientes, para que la alarma se extendiese entre los viajeros que corrieron atropelladamente para ponerse a salvo, e hicieron bien. La veloz reacción que los hizo subirse  a los botes o lanzarse al agua, les salvó la vida.

Habían chocado contra la temida Baja de Gando, una elevación rocosa del fondo del mar ubicada a una media milla de la isla, la cual, aunque perfectamente señalizada en las cartas marinas de la época, no dejaba de sorprender por su especial configuración, traicionando intemperantemente a aquellos barcos que, incautos, se acercaban demasiado confiando en controlar en todo momento la situación.
Los pescadores que estaban faenando por aquellos alrededores, atónitos e incrédulos, contemplaban un nuevo naufragio en aquel infausto lugar. Pocos meses atrás, el 11 de octubre de 1884, otro buque, el VILLE DE PARA de 1.700 toneladas de registro bruto, en este caso de bandera francesa, se había ido a pique en el mismo punto y en similares circunstancias. En aquella ocasión, también fueron ellos quienes auxiliaron a los supervivientes del vapor galo, experiencia impagable que, sumada a la rapidez en la intervención,  evitó la pérdida de vidas en este nuevo desastre. Los 280 ocupantes del buque entre pasaje y tripulación llegaron a tierra sanos y salvos de mano de tan atentos pescadores, solo con lo puesto; sus equipajes, mercancías, enseres, menaje, todo, quedó a bordo pues no hubo ni tiempo ni ánimos para salvar absolutamente nada.

Inmediatamente después de la colisión las bodegas comenzaron a anegarse de un modo trágicamente definitivo. Casi una hora tardó el ALFONSO XII en sumergirse bajo las atlánticas aguas en un camino sin retorno hacia el pétreo fondo.

Sin pérdida de tiempo, don Claudio López Brú , heredero de la Compañía — su padre, el fundador de la empresa, había fallecido en enero de 1883— ordenó hacer todo lo posible por recuperar de las bodegas del ALFONSO XII las sacas de correo y las diez cajas llenas de monedas de oro destinadas a pagar a los soldados que se hallaban destacados en Cuba, todo ello sin dañar el casco en previsión de un futuro reflotamiento de la embarcación, no sin antes asegurarse de que los pasajeros fueran debidamente embarcados en otro buque, el CIUDAD DE CÁDIZ, días después, concretamente el 20 de febrero, zarpando rumbo a Puerto Rico en esa misma fecha.

Para las labores del salvamento de dicha carga, se desplazaron unos buzos procedentes de Cádiz, quienes hicieron todo lo que estuvo en sus manos para cumplir las disposiciones del propietario de la Compañía, pero los trabajos resultaron infructuosos. Ni siquiera consiguieron acceder al interior del barco naufragado. Semanas más tarde, llegaron buzos ingleses muy duchos en las artes del salvamento de restos de naufragios. Tras arduos trabajos bajo el agua llegaron a la temida conclusión: el casco era insalvable. De esta suerte don Claudio, dando entonces prioridad exclusiva al rescate de la carga, accedió, a fuer de perder el ALFONSO XII para siempre, a que se dinamitase el casco. La explosión fue de tal magnitud que quedó partido en dos mitades. A través de la brecha sí se pudo acceder al interior, logrando los especialistas rescatar nueve de las cajas de monedas, la décima no apareció jamás, provocando desde entonces doradas leyendas y esperanzadoras zambullidas de intrépidos submarinistas buscadores de tesoros.

 Fueron muchos los viajes del ALFONSO XII a las Antillas pasando por Canarias, donde estuvo en seis ocasiones, y fue aquí donde hizo su última escala el vapor primero de los tres que tuvo la Trasatlántica bautizados con el mismo nombre, pues nunca quiso olvidar la apreciada amistad que unía a la familia López con el rey que les honró con su estima y que falleció algunos meses después del fatal naufragio.

Más de un siglo después, el pecio sigue atrayendo a audaces buceadores en busca de aventura e historia que deben enfrentarse, a cincuenta metros de profundidad, con el mar abierto hacia el universo azul que se pierde hacia el infinito...

 

© Coral y Ramiro González.