sábado, 4 de noviembre de 2006

LA NAO FANTASMA


Cada año, cuando apenas despunta el sol en el día de la Virgen, es posible que escuches un gran trueno si estás en la costa murciana de Cartagena. Si te fijas bien en el horizonte, posiblemente veas cómo se disipa con las primeras luces del alba una sombra, una tenue silueta, apenas un vapor, que parece querer recordar a un barco de otra época. Es el resultado de una triste historia de amor protagonizada por un celoso noble de hace mucho, mucho tiempo, llamado don Luís Garre.

Cuenta esta antigua leyenda que un buen día don Luís vino a quedar prendado de la belleza y gentileza de una noble dama, doña Leonor de Ojeda. Pese a los requiebros con que don Luís pretendía a tan distinguida doncella, este no era correspondido, pues ella a su vez se encontraba locamente cautivada por los encantos de un árabe, Yosuf ben Ali, quien, por amor, se hacía pasar por cristiano, dándose a conocer en el lugar con el nombre de don Carlos Laredo.

D. Luis, caballero español todo vanidad y todo orgullo, mesábase desesperado los cabellos, aunque no cejaba en su empeño por estorbar el creciente amor de los jóvenes, no pudiendo soportar que la dueña de su corazón hiciera a otro protagonista de su estima. Y hete aquí que un mal día, por pura casualidad, dio en descubrir el engaño de la identidad de Yosuf. Atisbando siniestramente el fin de sus problemas, sin perder un minuto y sin dudarlo, corrió a denunciarlo ante las autoridades.

Funesto día aquel en que don Carlos, Yusuf, fue condenado a purgar su culpa en las llamas purificadoras, y tan ardientes como estas fueron las lágrimas de la enamorada Leonor, aunque lo fueron más las de la bella Fátima, hermana del reo. Esta última, llevada por el honor manchado, quiso con aquellas llamas encender la hoguera de odio con que su corazón forjaría la espada de la venganza.

Dos largos años de paciente silencio y lenta espera vinieron en dar el amargo fruto. Quiso el destino poner finalmente el objeto de la infamia ante el brillo de sus llameantes ojos. Ocurrió durante unas justas celebradas en Cartagena cuando la encantadora Fátima consiguió atraer la atención de don Luís. Él, encantado de que dama de sin par belleza le hiciera objeto de sus deferencias, no dudó en concertar un encuentro clandestino en las cercanías del puerto. Una vez allí, embrujado por los exóticos encantos de criatura tan maravillosa, aceptó sin dudar el refresco al que ella le invitaba. Los enormes ojos negros de Fátima no osaron siquiera permitirse el lujo de parpadear. No podía sospechar don Luís que el contenido de la copa estaba aderezado con un raro brebaje que le haría caer sin conciencia al duro y frío suelo.

Tan duro y frío suelo como sobre el que despertó horas más tarde. Nunca sabría que había llegado allí arrastrado por dos rudos hombres que acechaban en las sombras. Lo habían subido a una lúgubre galera condenado a remar a perpetuidad, castigo que Fátima consideraba justo por el asesinato de su querido hermano.


Pero don Luís vendería cara su libertad. Confinado provisionalmente en lo más profundo de la nauseabunda bodega, donde las emanaciones de la sentina semejan la boca del infierno, con gran trabajo logró zafarse de las ligaduras que ataban sus muñecas, y sin dilación decidió estudiar el extraño lugar en el que se encontraba. Rápidamente se hizo con un hacha que estaba encendida con la que arrojar algo de luz sobre aquella difícil situación, con tan mala fortuna que fue a dar de bruces contra un barril de negra pólvora al que le faltó tiempo para estallar, haciendo saltar por los aires la embarcación. Acertada muerte para un corazón tan inflamable, que nunca soñó con que acabaría dando eterna satisfacción a una pobre mujer que un día se vio obligada a contemplar cómo su hermano ardía en la hoguera encendida por el fuego de los celos de aquel que año tras año revive su terrible final ante los pescadores de Escombreras, Portús y la Azohía, pescadores que aún hoy, entre vaso y vaso de vino, en las tabernas del puerto no dejan de contar la triste leyenda de aquella a la que bautizaron como la Nao Fantasma.

©Ramiro y Coral González.