viernes, 14 de septiembre de 2007

EL INFIERNO DEL GLORIANA

Aquel frío día del otoño de 1762 el GLORIANA, un pequeño velero de tres palos, zarpó sereno y silencioso del puerto de Bristol para poner rumbo a las colonias norteamericanas. Su bonito espejo de popa fue lo último que, a modo de despedida, vieron quienes, en el siempre bullicioso muelle, realizaban sus faenas, ignorantes del doloroso episodio que iba a protagonizar.

A bordo tenía lugar la larga rutina de duros trabajos inherentes a la vida en el interior de un velero. Las curtidas manos intentaban entrar en calor adujando cabos, arranchando la cubierta o halando de los aparejos de labor. Ocho hombres formaban la escasa y esforzada tripulación al mando de su capitán quien, en ese viaje, quiso ser acompañado por su esposa y su hijo, apenas un bebé.

Una fría monotonía presidía las solitarias singladuras. Al día gris le seguía la noche, únicos cambios visibles en el inmenso océano que se abría a proa y se cerraba a popa, lentamente, con el lejano e inalcanzable horizonte observado insistentemente con la esperanza de ver, al fin, el anhelado relieve que evidencia la cercanía de tierra, origen y destino de toda navegación.

La helada brisa otoñal lo envolvía todo.

Largo era el viaje que, no por conocido resultaba menos tenebroso para los rudos hombres de mar, que cuanto más experimentados más temerosos se volvían de las ignotas venturas que el negro piélago les podía deparar. Un exiguo cambio en lontananza podía trocarse en un estremecimiento en la endurecida piel de los curtidos marineros, sabedores de los peligros que se esconden detrás de cada ola, detrás de cada nube, detrás…

Y el temido cambio llegó. El aire se hizo más denso. El plomizo cielo tomó tintes de brea. Unas amenazantes nubes en la lejanía no terminaban de presagiar nada bueno. La brisa helada pronto se convirtió en cortante viento que, cada vez más impetuoso, comenzó a levantar grandes crestas de espuma sobre cada ola, la siguiente más alta que la anterior. La tormenta, enorme, gélida, azotaba al velero jugando con él con perverso ahínco. Lazos de espuma enredaban al GLORIANA en un baile siniestro. El ciego denuedo de aquellos pocos marinos no fue suficiente y con desconsuelo contemplaron cómo iban perdiendo la batalla. En medio de las rifaduras de las velas, uno tras otro fueron barridos por la inclemente fuerza de una tempestad que en ningún momento mostró piedad, sumiéndolos para siempre en las profundas negritudes del océano, y empujando al exhausto velero cada vez más hacia el Norte.

Varias horas después los elementos quisieron irse sosegando. La devastadora visión de los efectos helaba hasta los tuétanos: siete hombres arrebatados por la mar, dos heridos y una mujer y un niño aterrorizados en medio de la mayor de las soledades. Los daños materiales no dejaban lugar a la duda, el palo mayor estaba destrozado, las velas desgarradas y una grave avería en el timón convertían al velero en un juguete roto en medio de la nada.

Con la fuerza que imprime la lucha por la vida, los dos marineros supervivientes intentaron, ateridos de frío, envergar unas velas al trinquete y construir un nuevo timón. Mientras, el dolor de las heridas, la carencia de víveres y las fuerzas muy mermadas les hacían mirar con resignación el irrevocable destino resumido en la consabida frase «las desgracias nunca vienen solas» pues a la primera tempestad le siguió otra tormenta desatada, la cual, no encontró obstáculo para impulsar al GLORIANA muchas millas más hacia el Norte, hacia la soledad, hacia el silencio, hacia el hielo…

Un buen día, los tripulantes de un ballenero groenlandés, navegando en la franja de los 77ºN y sorteando los bancos de hielo, avistaron la fantasmal silueta de un pequeño y casi deshecho velero de tres palos que se movía plácidamente mecido por la fría mar, en calma ese día. Los marinos, con aprensión, comenzaron a llamar a voces a la tripulación de aquella nave salida de la nada, pero una quietud mortal fue la única respuesta. El nerviosismo y el temor se hicieron dueños de aquellas gentes que, suspicaces, arriaron un bote con algunos marineros a bordo quienes al pasar por la popa descubrieron su nombre, GLORIANA.

Su llegada a la helada cubierta no despejó las dudas, no se veía a nadie y nadie contestaba a las insistentes llamadas, solo el desconcierto protagonizaba la situación. El primer sobresalto llegó cuando en un rincón descubrieron a un hombre congelado inclinado sobre una caja en ademán de buscar algo en la infinidad del tiempo. El resto de la inspección no fue menos macabra. En una litera y convertida en un témpano de hielo se hallaba una mujer acurrucada y muy cerca, en una cuna de oxidado hierro, un niño pequeño parecía dormir plácidamente en medio del rigor glacial que lo había atrapado en un dramático final. En el camarote, sentado ante un pequeño escritorio, estaba el capitán con una pluma en la mano, rígido, helado, eterno…

Los groenlandeses cumplieron con los honores debidos. Organizaron un sencillo oficio de difuntos y en medio de gran respeto fueron lanzando los cadáveres al mar. Tomaron algunos objetos como recuerdo y luego, tras rociar el velero con petróleo, le prendieron fuego. Mientras se alejaba ardiendo como un honorable drakkar, comenzaron a examinar aquellos efectos tomados al azar y su sorpresa fue grande al leer el libro de bitácora, el libro en el que estaba escribiendo el capitán antes de dormirse para siempre y que tan trabajosamente consiguieron arrancar de sus manos, en el que había quedado escrita la amarga aventura que había acabado el 13 de noviembre de 1762… ¡trece años antes!

© Coral y Ramiro González.