lunes, 24 de septiembre de 2007

LA FLOTA FANTASMA

Un día cualquiera de finales del otoño de 1307, alguien, paseando por las costas de La Rochelle, al este de Francia, echó en falta algo. Era notable ausencia de la flota del Temple tan llamativa en aquel puerto de un pequeño pueblo desconocido para la mayoría. ¿Qué había pasado? ¿Qué era el Temple? ¿Hasta dónde había llegado su poder para justificar la posesión de una gran flota?

Los orígenes del Temple se remontan a 1118 en Tierra Santa, cuando nueve caballeros de la Primera Cruzada encabezados por Hughes de Payns deciden unir sus esfuerzos para proteger el Santo Sepulcro y a los numerosos peregrinos que se aventuran por los caminos infestados de infieles para poder orar en los lugares pisados por Jesucristo. Y así estuvieron nueve años, sin sufrir daño alguno; claro que los Santos lugares también estaban protegidos por los Caballeros Teutónicos, por los de la Orden del Hospital de San Juan y por el ejército del rey de Balduino II de Jerusalén, quien, por cierto, acogió a los nueve caballeros muy afectuosamente desde el principio, de hecho, expulsó a unos monjes que habían acondicionado las cuadras del Templo de Salomón, a la sazón en ruinas, y alojó allí a sus nuevos amigos. De ahí el nombre elegido para definirse “Pobres Conmilitones de Cristo y del Templo de Salomón” — ellos usaban el latín porque quedaba más distinguido en aquellos tiempos—. Tras nueve años ejerciendo como monjes-guerreros —habían hecho votos de pobreza, castidad y obediencia al tiempo que salían cada mañana a enfrentarse a los enemigos de la fe— decidieron que era hora de anunciarse ante las autoridades europeas. Sin dilación, cinco de ellos partieron hacia Europa en viaje patrocinado por el rey de Jerusalén, Balduino II, quien firmó una carta de recomendación para ser acogidos adecuadamente. Llegaron hasta la presencia del papa Urbano II acompañados en todo momento por Bernardo de Claraval, un monje cisterciense muy influyente en la Iglesia de aquel entonces. No conocemos los argumentos esgrimidos por aquellos hombres pero consiguieron la convocatoria de un concilio en Troyes para aprobar los reglamentos —la Regla— que les organizase y el reconocimiento de su hermandad como una nueva orden monástica con todas las de la ley, siendo la primera vez que esto ocurría.



Los cinco templarios regresaron a Tierra Santa ya convertidos oficialmente en monjes-guerreros flanqueados por más de trescientos caballeros, voluntarios para engrosar las filas de la Orden, con sus escuderos y pajes así como una buena cantidad de donaciones obtenidas de muchos acaudalados señores deseosos de colaborar con el mantenimiento de la seguridad de los Santos Lugares.

Con el transcurrir del tiempo la orden del Temple llegó a tener más de veinte mil miembros repartidos entre sus propiedades en Tierra Santa, y las extendidas por gran parte de Europa, producto de donaciones. Gracias a una buena gestión, producían todos los artículos que necesitaban en sus casas en tierra de infieles. Su riqueza creció hasta límites insospechados llegando a convertirse en importantísimos banqueros capaces, incluso, de conceder préstamos a reyes y nobles. A ellos debemos la invención del talón de ventanilla y de la letra de cambio, amén de la circulación de una gran cantidad de plata por Europa en una época en que había cierta escasez de ese metal. Y no solo faltaba la plata sino cualquier tipo de moneda, sin embargo el Temple siempre disponía de liquidez, gracias a lo cual pudieron financiar la construcción de setenta iglesias y casi ochenta catedrales durante la Edad Media.

Sus crecientes desplazamientos de mercancías, tropas y caballos precisaban hacerlos en barcos que para la ocasión alquilaban, pero llegó el momento en que la magnitud del volumen de transporte les inclinó a construir sus propios barcos, más adecuados a sus cargas específicas y siempre disponibles. Surgieron por lo tanto astilleros, además de buenos puertos y muelles en todos sus territorios costeros. Fue así como los mares se llenaron de carracas, de construcción sólida, equipadas con un armamento limitado porque se diseñaban principalmente para el transporte de mercancías. También eran numerosas las taridas, de gran casco apropiadas para la carga de tropas y su equipamiento, incluidos caballos. Y muy importantes eran las urcas y las naos para el transporte de pasajeros. De hecho, se calcula que el Temple transportaba unos seis mil peregrinos al año a Tierra Santa desde diversos puertos de Europa, y es comprensible que prefiriesen viajar en estos barcos ya que iban escoltados por galeras armadas que les protegían de la presencia de piratas sarracenos en el Mediterráneo. Pero no era este el único trabajo para la flota templaria, también se dedicaban al comercio de especias, tinturas, tejidos, porcelanas, cristales y lana; bulas papales no solo les autorizaban a hacerlo, además, les dejaban exentos de pagar impuestos aduaneros facilitándoles así el negocio.

Esta importante flota operaba mayoritariamente en el Mediterráneo, la ida y vuelta a Tierra Santa era su ruta más importante siendo el puerto de Marsella el de más relevancia, pero el Atlántico no carecía de importancia para ellos por la sólida relación que mantenían con Inglaterra, por lo que La Rochelle se convirtió en su puerto más importante en esta costa al que se llegaba gracias a una extraordinaria red de comunicación por tierra que lo unía con los puertos del Mediterráneo de modo tal que, una mercancía procedente de Inglaterra o el Norte de Europa podía llegar hasta La Rochelle, ser descargada, trasladada por tierra hasta un puerto del Mediterráneo, embarcada nuevamente y llevada a Tierra Santa sorteando los peligros de las aguas del Estrecho de Gibraltar plagadas de piratas sarracenos deseosos de encontrar barcos llenos de cristianos que llevarse a la cimitarra.


Y el Sena no quedó libre de la presencia templaria. Aprovechando la existencia de casas convento a lo largo del curso del río compusieron también una pequeña flota fluvial. Estos barcos, tampoco pagaban peaje y no eran registrados, expresado de otro modo, la libertad de movimientos era total.

La templaria se convirtió en una flota muy popular y las siluetas de LA ROSA DEL TEMPLE, LA BENDITA, LA BUENA VENTURA o EL HALCÓN DEL TEMPLE, entre otros, se convirtieron en familiares en los puertos donde atracaban. Tan importante llegó a ser que rivalizaba sin rubor con las más prestigiosas, caso de la omnipotente flota veneciana. Debido a la influencia templaria en las aguas europeas los navieros de algunos países se vieron obligados a exigir la creación de leyes para evitar que los templarios se alzaran con el monopolio, aún así, se hicieron con la mayor parte del comercio mediterráneo.

Pero todo lo que sube baja, y el fulgor del temple comenzó a ensombrecerse. Su poder se había extendido hasta el punto de preocupar seriamente a influyentes gobernantes como el rey de Francia, Felipe IV el Hermoso o el papa Clemente V. Por razones de ambición desmesurada, el primero presentó al segundo una denuncia contra la Orden el Temple conformada por 127 puntos entre los que destacaban la posesión de más poder y riqueza que la Iglesia, la toma de juramentos a sus miembros para defender y enriquecer a la Orden a toda costa, las relaciones clandestinas mantenidas con los musulmanes, ritos de iniciación en los que se obligaba a los neófitos a cometer sacrilegio contra la Cruz, asesinato de los que revelaban secretos de la Orden, profanación de los sacramentos y eliminación de palabras en la Consagración de la misa, sodomía y adoración de ídolos paganos como el del misterioso Bafomet.

El viernes 13 de octubre de 1307 el rey Felipe IV ordenó detener a todos los caballeros templarios que estuviesen en el territorio francés. Y su mandato se cumplió, simultáneamente, en todos las propiedades templarias de Francia donde se practicaron diversas detenciones. Felipe IV intentó convencer a otros monarcas para que se secundaran sus intenciones; algunos dieron crédito a sus escandalosas noticias sobre el “depravado” comportamiento de los templarios, a otros les pesó mucho más el prestigio del Temple que las denuncias de un rey corrupto. Siete años duró el proceso que finalmente terminó con muchos caballeros en la hoguera y la disolución de la orden.

Se calcula que en aquellos días de octubre de 1307 en Francia se encontraban cerca de 3.200 caballeros templarios, de los cuales casi la mitad eran combatientes, sin embargo, según la documentación del proceso, solo fueron detenidos unos 600 miembros. Y en este punto es donde surgen las primeras de las muchas incógnitas que aun hoy persisten sobre la Orden del Temple. ¿Dónde fueron a parar los casi 2.500 templarios restantes? Tampoco apareció el gran tesoro que se les atribuía; y hay una tercera desaparición: la flota. La Orden del Temple había llegado a conseguir una potencial influencia que les permitía estar presente en los principales centros de poder, expresado de otra forma, detentaba una eficaz técnica de espionaje que hace prácticamente inviable el hecho de ignorar lo planeado por el rey contra ellos. Eso explicaría que meses antes del apresamiento, altos dignatarios del Temple francés partieran, quizá acompañados por el gran capital que se les suponía, en más de una decena de navíos perdidos para siempre.

En la documentación del proceso no hay pruebas de que los barcos templarios hubiesen sido interceptados por los soldados del rey, y cabe la posibilidad de que tesoro, hombres y barcos fuesen a parar al mismo sitio. Y este es el argumento utilizado para llenar páginas de la Historia y de la Red. ¿A dónde fueron a parar? Respuestas hay para todos los gustos, podemos describir algunas:

La huida por tierra hubiese sido muy difícil pues los soldados del rey patrullaban concienzudamente los alrededores de París, pero haciendo uso de la flotilla fluvial podrían haber llegado a Le Havre y de allí en sus propios barcos a La Rochelle, donde se reuniría el resto de la flota para partir hacia dos lugares posibles. Uno sería Escocia donde tenían relaciones cordiales y, además, el rey había sido excomulgado por lo que no había peligro de ser entregados al papa. La otra opción es chocante, nada más y nada menos que América. Ayuda a esta hipótesis la gran cantidad de plata que circulaba por Europa durante los tiempos más álgidos del Temple, pero hay un enigma más curioso.

Cuando en el año 1492 Cristóbal Colón se aventuró hacia “las Indias” lo hizo en unos barcos que mostraban muy visiblemente en sus velas la cruz emblemática del Temple, y años más tarde, cuando desembarcaron los demás descubridores, los indios dieron muestras de reconocer al hombre blanco. Tampoco es de despreciar el hecho de que en monumentos medievales promovidos por los templarios se pueda observar talladas en piedra las figuras de lo que se ve claramente son aborígenes americanos. Pero no queda ahí la cosa, en importantes vestigios arqueológicos de la Patagonia han aparecido petroglifos con cruces templarias talladas...

¿Llegaron los templarios a América? Son muchos los que han hallado en antiguos mapas y portulanos algo que se parece al contorno de América, así como varios accidentes geográficos de ese continente descritos oficialmente por primera vez muchos años después.

En definitiva, setecientos años después de su desaparición, la Orden del Temple despierta más fascinación si cabe que durante sus dos siglos de existencia, dando pie a la especulación y la fantasía, de la que no han podido desprenderse jamás.

© Coral González.