jueves, 3 de septiembre de 2009

FLACHAT

Hace algún tiempo contamos en estas páginas virtuales parte de la historia de un terrible suceso acaecido en las abruptas costas del noroeste de la isla canaria de Tenerife, el naufragio del FLACHAT a finales del siglo XIX (1). Hoy nos disponemos a completar lo acontecido en aquellos fatídicos días.

El día de San Valentín de 1898 sorprendió a la isla de Tenerife con un violento temporal que fue aumentando su intensidad hora tras hora, tal es así que, al día siguiente, el puerto de Santa Cruz vio mermada su actividad pues no llegaban los buques esperados, los cuales, avisados, habían ralentizado su marcha para dar tiempo a la mejoría meteorológica, y los surtos en el muelle, permanecieron bien amarrados aguardando un tiempo más seguro.

Mientras esperamos a que amaine el temporal, recordemos que La Compagnie Générale Transatlantique había establecido en 1878 una línea regular desde Marsella hacia Centroamérica con escala, entre otros puntos, en Tenerife, donde inauguró esta línea en diciembre de dicho año el vapor mixto VILLE DE MARSEILLE, el cual, tras cargar carbón y agua, partió para La Guaira, Colón, St. Thomas y La Habana. Sería el 2 de octubre de 1881 cuando llegó el FLACHAT por primera vez al puerto de Santa Cruz. Fue construido en los astilleros de la M. Pearse & co., en Stockton on Tess, botado el 26 de abril de 1880 y terminado en junio de ese mismo año, por encargo de la James Marke Wood & Co., de Liverpool, la cual lo vendió sobre la marcha a La Compagnie Générale Transatlantique junto a sus hermanos ABANA, rebautizado como LE CHATELIER, y el ALESANDRE BIXIO. Fue la construcción nº 177 y en principio se llamó AKABA, al cambiar de bandera, pasó a llamarse FLACHAT. Pesaba 3.000 tn., tenía una eslora de 100 m., branque recto (2) y popa de espejo. Se trataba de un vapor mixto: combinaba tres palos con aparejo de bergantín-goleta con una máquina alternativa de triple expansión que le imprimía una velocidad de 10 nudos, lo habitual en aquellos años.



Aquel día de febrero de 1898 el FLACHAT había llegado al puerto tinerfeño de Santa Cruz precediendo al temporal que azotó las costas de la isla desde el día 14 como ya hemos relatado. Procedente de Marsella, Barcelona y Málaga, su intención era zarpar lo antes posible hacia su siguiente puerto, La Guaira. La Compagnie Générale Transatlantique presumía de tardar solo ocho días en cruzar el Atlántico, unas cuantas ráfagas de viento no lo iban a impedir. Tras cargar agua y carbón se dispuso a transportar hacia los puertos fijados a sus 51 pasajeros, 50 miembros de la tripulación y su cargamento —llevaba las bodegas llenas de mercancías variadas, entre las que destacamos especialmente unas cajas con diversas imágenes religiosas consignadas a puertos latinoamericanos, porque alguna de ellas desempeñó un pequeño papel en el drama que se desarrollaría horas después—. Con todo preparado puso rumbo a su destino, que no era el marcado en las cartas marinas, sería mucho más impetuoso y profundo de lo que jamás se habría imaginado su capitán, el Sr. Leroy.
Maqueta del FLACHAT conservada en la Sacristía de la Iglesia de Las Nieves, Taganana


En la noche del 15 al 16 de febrero la tormenta arreciaba con fuerza. Desde el FLACHAT, a duras penas entre la niebla, lograron avistar el faro de Anaga, al noroeste de la isla, cerca de las costas de Taganana. Entendiendo que la costa estaba peligrosamente cerca, el oficial ordenó poner proa a mar abierta, pero la mar embravecida empujaba al vapor hacia tierra; lucharon de un modo sobrehumano, pero el buque tardaba en obedecer al timón y a la máquina, no tenía arrancada suficiente. Se decidió soltar las dos anclas, pero antes de que llegaran al fondo las rocas de la costa ya habían herido de muerte al FLACHAT.


Costas de Taganana con el Faro de Anaga al fondo
Los pasajeros sobresaltados por tan insólito fragor se reunieron en el salón bajo el puente; las palabras de la tripulación no tranquilizaban a los viajeros quienes más que presentir, veían que la situación estaba abocada al desastre.

Mientras, el maquinista abrió las válvulas de seguridad y el vapor, con un estrépito ensordecedor, escapó a incontrolables chorros por los mambrús (3) de la chimenea. La razón no dejaba lugar a dudas, se debía conseguir bajar la presión de la caldera a toda costa para evitar así una explosión letal.

El FLACHAT comenzó a escorarse a estribor; era el momento de arriar los tres botes salvavidas de esa banda, pero nada más tocar la superficie del mar, este los arrojó contra las rocas como juguetes rechazados. Los embates de las olas lograron arrancar la dañada proa del casco que en pocos instantes se hundió ante los aterrados ojos de los testigos. A las dos de la mañana comenzaron los trabajos para arriar uno de los botes de la banda de babor, fue labor costosa y, según testimonio del superviviente D. Manuel Muñoz, la tarea finalizó a la llegada de la aurora. Cuando estaba en el agua, unas cincuenta personas se lanzaron al mar, solo unos cuantos lograron alcanzarlo. Las aguas encrespadas no dejaban gobernar al bote, quedando este a la deriva, lleno de agua y desesperación de los pocos afortunados que pudieron subir a él. Así lo encontró el SUSÚ procedente del tinerfeño puerto de Garachico.


Abruptas costas de Anaga, de Taganana a Roque Bermejo
El SUSÚ era un pequeño buque frutero perteneciente desde hacía poco tiempo a la Elder & Dempster, el cual desarrollaba labores de cabotaje entre los pequeños puertos insulares. En ese momento enarbolaba bandera inglesa a la espera de los trámites burocráticos para conseguir la española.

La tripulación del SUSÚ se apresuró a subir a bordo a los pocos náufragos que iban en el bote salvavidas, dificultosamente avistado entre la espesa niebla. Informado por los supervivientes de que en el FLACHAT habían quedado unas cuarenta personas, el capitán D. Ezequiel Crespo, ayudado en todo momento por su primero D. Rafael Rodríguez Campanario, sin demorarse un minuto, puso rumbo hacia donde había tenido lugar el desastre, iniciando una penosa búsqueda que duró algunas horas, siempre bajo la inclemente tormenta. Al fin algo destacaba entre la densa espuma marina. Se trataba de la chimenea y los palos trinquete y mesana; el casco y la superestructura eran invisibles por el continuo castigo de las crueles olas ensañadas con los restos. Y no había señales de más supervivientes. El pequeño pero heróico SUSÚ puso proa a Santa Cruz para llevar la dolorosa noticia. Y en dicho puerto entró llevando la bandera a media asta. Una vez atracado en el Muelle Sur fue arriado uno de los botes caleteros donde iba el capitán Crespo para llegar al punto conocido como «los platillos» donde hoy se encuentra la Marquesina, seña de identidad del puerto santacrucero. En el mismo bote iba el capitán del FLACHAT, Leroy y el resto de supervivientes: el segundo oficial, un pasajero español llamado Manuel Muñoz, 4 paleros, el cocinero, 4 tripulantes de cubierta y el calderetero. Todos se dirigieron a la Comandancia de Marina donde fueron debidamente atendidos. Llamó mucho la atención el segundo del FLACHAT, que cargaba una imagen de gran tamaño de la Virgen, a la que consideraba su salvadora; no olvidemos que el vapor, entre otros, llevaba un cargamento de tallas religiosas. Una de ellas, en concreto una Virgen de la Concepción, flotaba a su suerte y fue el salvavidas del marinero quien sin dudarlo se abrazó a ella. Tiempo después, un periódico local, «La Opinión» propuso que fuera donada a la iglesia del pueblo de Taganana, relativamente cercana al lugar del accidente; así se hizo y allí se encuentra.

Acabados lo trámites, el SUSÚ, acompañado por el TENERIFE de la firma Hamilton y Compañía, se hicieron a la mar rumbo a Anaga, donde durante toda la tarde y la noche buscaron sin desaliento, pero el denso banco de niebla hacía casi imposible las labores de rastreo. Ese mismo día llegó la noticia de que algunos náufragos habían llegado a tierra por sus propios medios y estaban siendo atendidos por los pescadores de la zona.
Faro de Anaga


El alcalde de Sta. Cruz de Tenerife, Sr. Schwartz, acompañado por el Dr. Diego Guigou y el farmacéutico D. Emilio Serra, se dirigió en una falúa a la zona del desastre. Allí encontraron a nueve náufragos al cuidado del pescador D. Andrés Abreu González. Sólo dos de ellos presentaban gravedad en su estado. También habían aparecido tres cadáveres que fueron enviados en un bote a Santa Cruz. La expedición con siete supervivientes llegó a la capital sanatacrucera el día 18 a las tres de la tarde, los otros dos cuyo estado de salud era preocupante habían sido desembarcados en Igueste de San Andrés (a mitad de camino) para que fueran trasladados por carretera.

Las autoridades organizaron honras fúnebres con la asistencia de las autoridades civiles y militares así como la presencia de gran cantidad de vecinos muy afectados por tan aciago suceso.

El día 20 atracó en el puerto de Santa Cruz el barco de salvamento de bandera sueca HERMES, en el que, sin dilación, embarcó el Sr. Hugh Hamilton, representante del Lloyd en Canarias para llevar a cabo la preceptiva inspección del barco y de su carga.

El informe del buzo no dejaba lugar a dudas: el casco del FLACHAT presentaba a lo largo de toda la eslora varias fracturas que lo seccionaban en diversos trozos, solo la parte central se encontraba en posición vertical. Mientras, el SUSÚ se encargaba de recoger la carga que flotaba, especialmente los toneles de vino de Málaga que llevaba para La Guaira.

El día 24 los supervivientes embarcaron en el VAUBAN después de diez días de dolorosa experiencia que nunca olvidarían. Ese mismo día se supo que habían aparecido más cadáveres flotando en la zona y que del FLACHAT solo se veía la chimenea y el palo mayor, resistiéndose a perder los signos que le habían identificado como vapor mixto.

El día 8 de marzo sus restos fueron subastados en el consulado galo de Tenerife. Fueron adjudicados a la familia Fernández del Castillo por 3.030 pesetas. Al día siguiente aparecieron otros cadáveres, quienes, tras las oportunas tramitaciones oficiales fueron enterrados en el cementerio del pueblo pesquero de San Andrés. Pero el día 17 aún aparecieron los que ya serían las últimas víctimas. Su estado estaba tan deteriorado que se decidió darles cristiana sepultura donde fueron encontrados, en un punto de la abrupta costa de Anaga.

Las cifras dan idea de la magnitud del siniestro: 43 pasajeros y 34 tripulantes muertos y 24 supervivientes con heridas de distinta consideración. Un total de 101 personas que vivieron un remolino de acontecimientos con desigual resultado.

Cuando ya se acallaban los ecos del terrible accidente, el cónsul de Francia cumplió con un deseo de la Compagnie Générale Transatlantique la entrega de sendas medallas a D. Ezequiel Crespo y a D. Rafael Rodríguez Campanario por su valor y entrega en los momentos de apuro del FLACHAT. Pero la tripulación del SUSÚ no fue olvidada, a todos se les otorgó un diploma y una gratificación económica como agradecimiento de la naviera.

Para acabar, el 17 de octubre de 1899, el SUSÚ pudo por fin izar su bandera española en sustitución de la inglesa, al tiempo que cambiaba tan remilgado nombre por el más viril y paisano de GUANCHE.

Vista de los Roques de Anaga, costa de Taganana

© Coral González
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(1).- http://escoben.blogspot.com/2008/04/flachat-desde-los-albores-de-la.html

(2).- Branque: denominación antigua con que se englobaba la parte del buque que, a proa, estaba constituida por el pie de roda, la roda y su extremo superior al encuentro con el bauprés. Branque recto: proa recta.

(3).- Mambrú: conducto de seguridad de exhaustación de las calderas que se adosaba al exterior del cuerpo de la chimenea.

Fuentes consultadas:

Periódico El Día, de Tenerife, de 10 de agosto de 1975. Artículo: El hundimiento del Flachat. Autor: Juan Antonio Padrón Albornoz.

3 comentarios:

cristina dijo...

Muchas gracias por publicar la historia de mi bisabuelo D Ezequiel Crespo,Un abrazo
Cristina reyes Crespo

FER dijo...

Mi Abuelo Ezequiel ,un gran marino,gracias por contar su historia ,es un orgullo para la Famili.

rhm dijo...

Gracias por publicar la historia, y gracias al heroísmo de D Ezequiel Crespo.
Soy el nieto del único pasajero sobreviviente que en realidad se llamaba Rafael y no Manuel.
Valga la aclaración, aunque no quita ningún mérito a la publicación