jueves, 15 de abril de 2004

LA FRÍA VENGANZA DEL FRIGORIFIQUE

Uno de los graves problemas del transporte de algunas mercancías era su conservación. La sal había sido una buena solución, pero en 1876 el científico francés Charles Tellier encontró otra. Construyó una planta frigorífica con compresores de éter metílico que al evaporarse creaba una atmósfera fría y seca, así, con una temperatura de 0º C, las carnes se podían conservar en un estado satisfactorio.

El 25 de diciembre de 1876 fue la gran prueba. Ese día arribó a Buenos Aires el barco FRIGORIFIQUE, en sus frías bodegas llevaba 25 toneladas de carne que habían sido embarcadas algunas semanas antes en Francia. Aunque no tenía el sabor exactamente igual que fresca, la aceptación de aquel producto fue inmediato. El FRIGORIFIQUE quedó como el pionero en este nuevo sistema de transporte revolucionando el negocio de la exportación. Su dueño, Tellier, no sólo había descubierto las posibilidades de enfriar artificialmente la bodega de un barco, también se percató de que en Argentina la carne tenía un precio muy bajo, con lo cual la reventa en Europa le podía aportar pingües beneficios.

Por esta razón nació este barco botado en 1876, con un casco de acero de 66 m de eslora y un arqueo bruto de 500 t. Una caldera de vapor le permitía alcanzar los 8 nudos, pero disponía de tres palos con sus correspondientes velas en previsión de las averías que pudiese sufrir el carguero en cualquier momento. Lo novedoso se hallaba en el interior: estaba totalmente revestido de corcho, así, el frío estaba garantizado.

Pero todo lo que nace tiene un final, aunque nadie dentro del FRIGORIFIQUE podía imaginar qué aventura tan tenebrosa iba a protagonizar.

Aquel día de 1884 una espesa niebla lo ocultaba todo. No hacía mucho que habían zarpado de un puerto español con rumbo a Renau, Francia. La velocidad debía ser lenta, lo contrario hubiese sido una locura. A intervalos se hacía sonar la sirena para señalar su presencia. El capitán Raoul Lambert estaba en el puente de mando, nervioso; continuamente escuchaba las señales de un barco que no era el FRIGORIFIQUE. No cabía duda, cerca se hallaba otra nave imposible de ver, pero ¿dónde? Los ecos parecían provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo. Y no eran imaginaciones suyas, a pocos metros de distancia navegaba el carbonero RUMNEY, de bandera británica que había cargado su mercancía en Cardiff y se dirigía a La Rochelle. Los esfuerzos del comandante por ver qué ocurría obtuvieron sus frutos, pero tarde. De la nada surgió la proa  del RUMNEY. El viraje fue inmediato, brusco, aunque de todos es sabido que un barco a escasa velocidad tarda mucho tiempo en responder, y en aquellas circunstancias se demoró una eternidad. El impacto fue violento y el FRIGORIFIQUE se inclinó hacia babor, pocos instantes después hacia estribor, el lado en el que había recibido el impacto. 
 
Una vía de agua obligó al capitán ordenar el inmediato abandono de la embarcación. La dotación fue acogida en el barco agresor que apenas había sufrido daños y desde el cual, vieron como comenzaba a hundirse.

Lentamente el RUMNEY reinició su singladura, hasta que un vigía pronunció la frase fatal "¡Barco a estribor!" Los tripulantes no daban crédito a sus ojos: de entre la neblina surgió la inconfundible proa del ¡FRIGORIFIQUE! Con mucho acierto lograron esquivar la envestida sin saber que era solo la primera, porque, cuando aún no se habían recuperado del sofoco, vino la segunda. Esta vez no hubo escapatoria, el barco francés golpeó con toda la violencia posible la amura de estribor del inglés que no pudo resistir, de inmediato comenzó a hundirse mientras que el FRIGORIFIQUE se alejaba indiferente al desastre. La consternación y el miedo se adueñaron de aquellos tripulantes incrédulos ante tan fantasmal exhibición, mientras las dos lanchas en las que se pudieron embarcar se dirigían a tierra.

La neblina comenzaba a desvanecerse, y un grito de estupor quedó helado en las gargantas de los marineros, ante ellos, ¡se hallaba nuevamente el carguero!

El FRIGORIFIQUE parecía describir círculos; el capitán Lambert, al comprobar que seguía a flote, quiso subir a bordo y mucho le costó convencer a los marinos para que se lo permitieran, pero finalmente, acompañado del capitán inglés y unos pocos voluntarios, se aventuró a pisar su cubierta. Buscaron, llamaron a gritos, registraron y no lograron encontrar a nadie. Una rápida ojeada al puente de mando le dio una idea a uno de los exploradores de lo que había ocurrido pero un ruido sordo procedente de la bodega hizo que regresaran a la lancha y se alejaran de allí rápidamente. Y no se equivocaron, en pocos minutos el FRIGORIFIQUE alzó la popa hacia el cielo y entre un torbellino de burbujas comenzó su lento descenso hacia las ignotas profundidades del mar.

Las tabernas de los puertos escucharon el relato de los hombres que habían vivido el suceso, pero pasaban muy por alto lo que realmente había ocurrido, una explicación sensata. Para ellos, el FRIGORIFIQUE, que tenía vida propia, no podía perdonar la infamia y se había vengado del traicionero ataque del RUMNEY.

Deliberadamente ignoraban que el timonel, aquel aciago día, hubiese virado todo a estribor y hubiese bloqueado el timón, al mismo tiempo, las prisas por abandonar la nave impidieron apagar  los motores, dejándolo a una velocidad de dos nudos. El FRIGORIFIQUE, sencillamente, se dedicó a desplazarse lentamente en círculos mientras se hundía, encontrándose accidentalmente con el carbonero, pero antes del último impacto, ¿Se encontraba realmente a la deriva?


© Ramiro y Coral González